Karin Lorenz no pensó que necesitaba hacerse una mamografía. Aún no cumplía los cuarenta años y no tenía antecedentes directos de cáncer de mama. Por eso, asoció una molestia en su mama izquierda a un golpe recibido en un partido de voleibol. Pero la incomodidad continuó y pasaron los meses sin que tomara medidas.

“Estaba sola en Punta Arenas con mis tres hijos, ya que mi esposo se había trasladado a Santiago, y me daba miedo pensar en la posibilidad de tener un problema de salud. Creo que fueron 8 meses que ignoré el tema, hasta que mi hermana cuando supo me obligó a ir al médico”.

Los exámenes indicaron un diagnóstico positivo y fue derivada por su ginecóloga al Instituto Oncológico FALP, donde se corroboró que padecía de cáncer y que su tumor era bastante grande. Felizmente, estaba encapsulado, y por tanto, no se había propagado al resto del organismo.

El tratamiento consistió en quimioterapia para disminuir el tamaño del tumor, luego una cirugía para extirpar la mama y dos ganglios, y finalmente radioterapia. “Lo cotidiano, los hijos, el trabajo lleva a las mujeres a descuidar la salud, pero hay que pensar en ellos y en uno misma. De haberme controlado antes, tal vez no hubiese perdido la mama. Al principio no quería un implante y finalmente lo acepté, pero sin duda en mi cuerpo hay una marca que está presente y me recuerda lo importante que es prestarle atención”.